El campo es de todos

Sábado 12 de octubre día de la fiesta nacional y día por qué no, para aprovechar y hacer alguna cosa con la familia. Hablando con una buena amiga le manifiesto mi intención de irme de paella con la familia pero el sitio al que queríamos ir está ocupado con un banquete para la benemérita del lugar, también hoy es su día, y no nos pueden atender, así que decido cambiar de planes. Meto unos muslos de pollo al horno y preparo una comida campestre para disfrutar de ella en una zona recreativa. Un plan muy apetecible.

Llegamos al lugar en cuestión y nos sorprende encontrar mesa en una zona a la sombra pues hace un calor espantoso con 30º a la sombra. No es que esté muy lleno de gente pero hay familias con niños montando sus tiendas de campaña para pasar el fin de semana en la naturaleza. Se escucha el rumor cristalino del agua de la fuente que nace en ese paraje y nos disponemos a preparar la mesa y el aperitivo. De repente, una música estridente hace acto de presencia y amaga el delicioso canto de los pájaros y el murmullo del agua. Estos campistas pienso equivocado… que poco civismo pero bueno, qué le vamos a hacer, el campo es de todos…

Me percato que las perritas tienen sed y me he dejado su cacharro del agua en el coche así que vuelvo a por él. Una pareja se está haciendo fotos en el puente y al pasar por su lado observo que el chico lleva una especie de mosquetones que atraviesan la piel de su espalda por debajo de los hombros. Agacho la cabeza y no chismorreo; ya intuyo de dónde viene esa música «satánica».

Comemos más o menos bien como no con la dichosa música que sigue machacando la paz y bienestar del paraje. Estos colgados pienso ya con certeza, qué poco civismo pero bueno, qué le vamos a hacer, el campo es de todos… y que poco desencaminado voy con lo de «colgados» como veréis a continuación.

Al terminar la comida me dispongo a dar un paseo con una de las perritas y la niña para rebajar el delicioso pollo. Recorridos unos metros empiezo a ver cosas que no me cuadran. Una camilla y gente con mascarillas quirúrgicas y guantes de nitrilo. Sobre la camilla un «paciente» al que le están colocando unos ganchos en la espalda como los que había visto hacía unos instantes. Toda la escena se desarrolla a escasos metros de las famílias acampadas. Miro mejor y veo que han montado una suerte de tirolina. No tardo en atar cabos e imagino horrorizado lo que están haciendo. Lo leí una vez en un artículo y se llama suspensión corporal. Me doy media vuelta y le digo a la niña, que no se ha percatado de nada, que se ha acabado la excursión. Volvemos con mi mujer y le cuento lo que he visto como si hubiese sido una especie de sueño pesado.

Decidimos recoger y volvernos para casa pues no nos encontramos nada cómodos en el lugar. La niña rechista pero no nos apetece nada que presencie por accidente o descuido el «espectáculo» ya que el recinto es pequeño y la zona de la «tirolina» es de muy fácil acceso. Justo cuando nos disponemos a dejar el área de recreo escuchamos el característico ruido de la tirolina. Mi mujer y yo miramos a nuestra espalda y comprobamos con cierta aversión como el chico va atado a unas poleas colgando directamente de la piel de su propia espalda. No se aprecia en él signo alguno de dolor pero es un espectáculo que no veo apropiado que se haga justo al lado de esa zona de acampada que como digo está llena de niños.

Prácticamente «huimos» de la zona impactados. Mi mujer me dice que no se explica cómo estas personas han elegido un área recreativa para practicar su «afición» a lo que respondo, cariño, si preguntas te dirán que el campo es de todos…

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